No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente,
las huellas de unos besos,
ese resplandor que aun de día se siente si te acercas,... ese resplandor contagioso que me queda en las manos, ese río luminoso en que hundo mis brazos, en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida de lucero.
No quiero que vivas en mí como vive la luz,
con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz,
a quien el amor se niega a través del espacio
duro y azul que separa y no une,
donde cada lucero inaccesible
es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.
La soledad destella en el mundo sin amor.
La vida es una vívida corteza,
una rugosa piel inmóvil,
donde el hombre no puede encontrar su descanso,
por más que aplique su sueño contra un astro apagado.
Pero tú no te acerques.
Tu frente destellante, carbón encendido que me arrebata
a la propia conciencia, duelo fulgúreo
en que de pronto siento la tentación de morir,
de quemarme los labios con tu roce indeleble,
de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.
No te acerques, porque tu beso se prolonga
como el choque imposible de las estrellas,
como el espacio que súbitamente se incendia,
éter propagador donde la destrucción de los mundos
es un único corazón que totalmente se abrasa.
Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte;
ven como la noche ciega que me acerca su rostro;
ven como los dos labios marcados por el rojo,
por esa línea larga que funde los metales.
Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante
que luces como una órbita que va a morir en mis brazos;
ven como dos ojos o dos profundas soledades,
dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco.
¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo;
ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;
ven, que ruedas como liviana piedra,
confundida como una luna que me pide mis rayos!
¿Lo comprendes ? Lo has comprendido. ¿Lo repites ? Y lo vuelves a repetir. Siéntate. No mires hacia atrás. ¡Adelante ! Adelante. Levántate. Un poco más. Es la vida. Es el camino. ¿Qué llevas la frente cubierta de sudores, con espinas, con polvo, con amargura, sin amor, sin mañana ?... Sigue, sigue subiendo. Falta poco. Oh, qué joven eres. Qué joven, qué jovencísimo, qué recién nacido. Qué ignorante. Entre tus pelos grises caídos sobre la frente brillan tus claros ojos azules, tus vividos, tus lentos ojos puros, allí quedados bajo algún velo. Oh, no vaciles y álzate. Álzate todavía. ¿Qué quieres ? Coge tu palo de fresno blanco y apóyate. Un brazo a tu lado quisieras. Míralo. Míralo, ¿No lo sientes ? Allí, súbitamente, está quieto. Es un bulto silente. Apenas si el color de su túnica lo denuncia. Y en tu oído una palabra no pronunciada. Una palabra sin música, aunque tú la estés escuchando. Una palabra con viento, con brisa fresca. La que mueve tus vestidos gastados. La que suavemente orea tu frente. La que seca tu rostro, la que enjuga el rastro de aquellas lágrimas. La que atusa, apenas roza tu cabello gris ahora en la inmediación de la noche. Cógete a ese brazo blanco. A ese que apenas conoces, pero que reconoces. Yérguete y mira la raya azul del increíble crepúsculo, la raya de la esperanza en el límite de la tierra. Y con grandes pasos seguros, enderézate, y allí apoyado, confiado, solo, échate a andar...
¿Cómo nació el amor? fue ya en otoño. Maduro el mundo, no te aguardaba ya. Llegaste alegre, ligeramente rubia, resbalando en lo blando del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa me pareciste aún, sonriente, vívida, frente a la luna aún niña, prematura en la tarde, sin luz, graciosa en aires dorados; como tú, que llegabas sobre el azul, sin beso, pero con dientes claros, con impaciente amor!
Mira tu mano, que despacio se mueve,
transparente, tangible, atravesada por la luz,
hermosa, viva, casi humana en la noche.... Con reflejo de luna, con dolor de mejilla, con vaguedad de sueño mírala así crecer, mientras alzas el brazo, búsqueda inútil de una noche perdida, ala de luz que cruzando en silencio toca carnal esa bóveda oscura.
No fosforece tu pesar, no ha atrapado
ese caliente palpitar de otro vuelo.
Mano volante perseguida: pareja.
Dulces, oscuras, apagadas, cruzáis.
Sois las amantes vocaciones, los signos
que en la tiniebla sin sonido se apelan.
Cielo extinguido de luceros que, tibios,
campo a los vuelos silenciosos te brindas.
Manos de amantes que murieron, recientes,
manos con vida que volantes se buscan
y cuando chocan y se estrechan encienden
sobre los hombres una luna instantánea