viernes, 2 de noviembre de 2012


      Matilde, nombre de planta o piedra o vino,
      De lo que nace de la tierra y dura,
      Palabra en cuyo crecimiento amanece,
      En cuyo estío estalla la luz de los limones.

      En ese nombre corren navíos de madera
      Rodeados por enjambres de fuego azul marino,
      Y esas letras son el agua de un río
      Que desemboca en mi corazón calcinado.

      Oh nombre descubierto bajo una enredadera
      Como la puerta de un túnel desconocido
      Que comunica con la fragancia del mundo!

      Oh invádeme con tu boca abrasadora,
      Indágame, si quieres, con tus ojos nocturnos,
      Pero en tu nombre déjame navegar y dormir.

    Soneto II. Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso
      Amor, ¡cuántos caminos hasta llegar a un beso,
      Qué soledad errante hasta tu compañía!
      Siguen los trenes solos rodando con la lluvia.
      En Taltal no amanece aún la primavera.

      Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos,
      Juntos desde la ropa a las raíces,
      Juntos de otoño, de agua, de caderas,
      Hasta ser sólo tú, sólo yo juntos.

      Pensar que costó tantas piedras que lleva el río,
      La desembocadura del agua de Boroa,
      Pensar que separados por trenes y naciones

      Tú y yo teníamos que simplemente amarnos,
      Con todos confundidos, con hombres y mujeres,
      Con la tierra que implanta y educa los claveles.


    Soneto III. Áspero amor, violeta coronada de espinas
      Áspero amor, violeta coronada de espinas,
      Matorral entre tantas pasiones erizado,
      Lanza de los dolores, corola de la cólera,
      ¿Por qué caminos y cómo te dirigiste a mi alma?

      ¿Por qué precipitaste tu fuego doloroso,
      De pronto, entre las hojas frías de mi camino?
      ¿Quién te enseñó los pasos que hasta mí te llevaron?
      ¿Qué flor, qué piedra, qué humo mostraron mi morada?

      Lo cierto es que tembló la noche pavorosa,
      El alba llenó todas las copas con su vino
      Y el sol estableció su presencia celeste,

      Mientras que el cruel amor me cercaba sin tregua
      Hasta que lacerándome con espadas y espinas
      Abrió en mi corazón un camino quemante.



    Soneto IV. Recordarás aquella quebrada caprichosa
      Recordarás aquella quebrada caprichosa
      A donde los aromas palpitantes treparon,
      De cuando en cuando un pájaro vestido
      Con agua y lentitud: traje de invierno.

      Recordarás los dones de la tierra:
      Irascible fragancia, barro de oro,
      Hierbas del matorral, locas raíces,
      Sortílegas espinas como espadas.

      Recordarás el ramo que trajiste,
      Ramo de sombra y agua con silencio,
      Ramo como una piedra con espuma.

      Y aquella vez fue como nunca y siempre:
      Vamos allí donde no espera nada
      Y hallamos todo lo que está esperando.


      Soneto V. No te toque la noche ni el aire ni la aurora
      No te toque la noche ni el aire ni la aurora,
      Sólo la tierra, la virtud de los racimos,
      Las manzanas que crecen oyendo el agua pura,
      El barro y las resinas de tu país fragante.

      Desde Quinchamalí donde hicieron tus ojos
      Hasta tus pies creados para mí en la Frontera
      Eres la greda oscura que conozco:
      En tus caderas toco de nuevo todo el trigo.

      Tal vez tú no sabías, araucana,
      Que cuando antes de amarte me olvidé de tus besos
      Mi corazón quedó recordando tu boca,

      Y fui como un herido por las calles
      Hasta que comprendí que había encontrado,
      Amor, mi territorio de besos y volcanes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario