domingo, 23 de septiembre de 2012

GABRIELA MISTRAL.

AL OÍDO DEL CRISTO
Cristo, el de las carnes en gajos abiertas;
Cristo, el de las venas vaciadas en ríos:
estas pobres gentes del siglo están muertas
de una laxitud, de un miedo, de un frío!

A la cabecera de sus lechos eres,
si te tienen, forma demasiado cruenta,
sin esas blanduras que aman las mujeres
y con esas marcas de vida violenta.

No te escupirían por creerte loco,
no fueran capaces de amarte tampoco
así, con sus ímpetus laxos y marchitos.

Porque como Lázaro ya hieden, ya hieden,
por no disgregarse, mejor no se mueven.
¡Ni el amor ni el odio les arrancan gritos!

Aman la elegancia de gesto y color,
y en la crispadura tuya del madero,
en tu sudar sangre, tu último temblor
y el resplandor cárdeno del Calvario entero,

les parece que hay exageración
y plebeyo gusto; el que Tú lloraras
y tuvieras sed y tribulación,
no cuaja en sus ojos dos lágrimas claras.

Tienen ojo opaco de infecunda yesca,
sin virtud de llanto, que limpia y refresca;
tienen una boca de suelto botón
mojada en lascivia, ni firme ni roja,
¡y como de fines de otoño, así, floja
e impura, la poma de su corazón!

¡Oh Cristo! El dolor les vuelva a hacer viva
l'alma que les diste y que se ha dormido,
que se la devuelva honda y sensitiva,
casa de amargura, pasión y alarido.

¡Garfios, hierros, zarpas, que sus carnes hiendan
al como se parten frutos y gavillas;
amas que a su gajo caduco se prendan
amas como argollas y como cuchillas!

¡Llanto, llanto de calientes raudales
renueve los ojos de turbios cristales
les vuelva el viejo fuego del mirar!

¡Retòñalos desde las entrañas, Cristo!
si ya es imposible, si tú bien lo has visto,
son paja de eras… ¡desciende a aventar!



Íntima
    Tú no oprimas mis manos.
    Llegará el duradero
    Tiempo de reposar con mucho polvo
    Y sombra en los entretejidos dedos.
    Y dirías: -"No puedo
    Amarla, porque ya se desgranaron
    Como mieses sus dedos".
    Tú no beses mi boca.
    Vendrá el instante lleno
    De luz menguada, en que estaré sin labios
    Sobre un mojado suelo.
    Y dirías: -"La amé, pero no puedo
    Amarla más, ahora que no aspira
    El olor de retamas de mi beso.
    Y me angustiaré oyéndote,
    Y hablarás loco y ciego,
    Que mi mano será sobre tu frente
    Cuando rompan mis dedos,
    Y bajará sobre tu cara llena
    De ansia mi aliento.
    No me toques, por tanto. Mentiría
    Al decir que te entrego
    Mi amor en estos brazos extendidos,
    En mi boca, en mi cuello,
    Y tú, al creer que lo bebiste todo,
    Te engañarías como un niño ciego.
    Porque mi amor no es sólo esta gavilla
    Reacia y fatigada de mi cuerpo,
    Que tiembla entera al roce del cilicio
    Y que se me rezaga en todo vuelo.
    Es lo que está en el beso, y no es el labio;
    Lo que rompe la voz, y no es el pecho:
    ¡Es un viento de Dios, que pasa hendiéndome
    El gajo de las carnes, volandero!


    Yo canto lo que tú amabas
      Yo canto lo que tú amabas, vida mía,
      Por si te acercas y escuchas, vida mía,
      Por si te acuerdas del mundo que viviste,
      Al atardecer yo canto, sombra mía.
      Yo no quiero enmudecer, vida mía.
      ¿Cómo sin mi grito fiel me hallarías?
      ¿Cuál señal, cuál, me declara, vida mía?
      Soy la misma que fue tuya, vida mía.
      Ni lenta ni trascordada ni perdida.
      Acude al anochecer, vida mía;
      Ven recordando un canto, vida mía,
      Si la canción reconoces de aprendida
      Y si mi nombre recuerdas todavía.
      Te espero sin plazo ni tiempo.
      No temas noche, neblina ni aguacero.
      Acude con sendero o sin sendero.
      Llámame a donde tú eres, alma mía,
      Y marcha recto hacia mí, compañero.

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